Clara Viedma aprendió a sonreír sin enseñar los dientes y a vestir blusas de manga larga incluso en agosto. En el antebrazo izquierdo llevaba una cicatriz en forma de media luna, una quemadura antigua que, para la mayoría, parecía un accidente doméstico. Para ella era una firma: la marca que le dejó la noche en que su padre murió dentro del viejo Velódromo Sur, durante la final continental de ciclismo de 1998.
Veintiséis años después, Clara entró al edificio de Torre Lirio como auditora externa. La empresa, Lirio Capital, acababa de ganar la licitación para reformar el mismo velódromo y convertirlo en un complejo de lujo. El contrato olía a dinero nuevo y a cadáver viejo. Clara no había aceptado el trabajo por ambición: lo aceptó porque, una semana antes, recibió un sobre sin remitente con una fotografía de su padre junto a tres hombres. Uno de ellos era el fundador de Lirio Capital, Esteban Lirio. En el reverso, una frase escrita con tinta azul: “El testigo nunca murió”.
En la planta dieciocho la esperaba Adrián Lirio, director de expansión, traje gris, mirada cansada y fama de intocable. Clara esperaba arrogancia; encontró a un hombre que llevaba el café en vasos de cartón para todo el equipo y que recordaba el nombre de la recepcionista.
—Dicen que usted encuentra grietas donde otros ven mármol —dijo Adrián, ofreciéndole una tarjeta de acceso.
—Las grietas no las hago yo —respondió Clara—. Solo dejo de ignorarlas.
Él sonrió, pero sus ojos se detuvieron un segundo en la manga abotonada de Clara. Ella bajó el brazo por instinto.
Esa misma tarde descubrió el primer archivo alterado: pagos a una consultora fantasma llamada Horizonte 86. El número le golpeó como un puñetazo. 86 era el dorsal de su padre la noche de la final. Clara copió los documentos en un pendrive y, al levantar la vista, vio a Adrián en la puerta.
—¿Trabaja siempre con cara de funeral? —preguntó él.
—Solo cuando los números mienten.
Adrián no la denunció. Cerró la puerta por dentro y habló en voz baja:
—Si ha encontrado algo, no lo suba al servidor. Hay ojos ahí dentro que no son de contabilidad.
Clara sintió que el suelo se inclinaba. El hijo del hombre al que había venido a desenmascarar le estaba advirtiendo. Y, peor aún, le creyó.