Durante los tres días siguientes, Clara y Daniel fingieron odiarse en público. En reuniones, ella le negaba documentos con frases cortantes; él la acusaba de incompetente delante de los directores. Los rumores hicieron el resto: “se detestan”, “él quiere echarla”, “ella lo saboteará”. Nadie sospechó que cada discusión escondía coordenadas, claves o advertencias.
En privado, se encontraban en lugares sin cámaras: la escalera de incendios entre los pisos 12 y 13, la terraza donde los fumadores dejaban colillas, el cuarto de servidores cuyo ruido blanco cubría cualquier susurro. Clara le entregaba fragmentos de código; Daniel le enseñaba a preparar una declaración blindada.
—No mires al abogado de la empresa cuando te ataque —le aconsejó—. Mira a la jueza. Respira. Cuenta hasta tres.
—¿Así ganabas combates?
—No. Así sobrevivía al primer asalto.
Ella empezó a notar detalles absurdos: que Daniel tomaba el café sin azúcar pero robaba caramelos de menta; que al leer se mordía el interior de la mejilla; que odiaba los ascensores porque, decía, “un ring al menos tiene cuerdas, no paredes cerradas”. Él notó que Clara se tocaba la muñeca cuando mentía, que recordaba fechas con precisión quirúrgica y que su valentía no era ausencia de miedo, sino una negociación diaria con él.
La noche anterior al viaje a Valencia, el piso 18 quedó casi vacío. Clara descubrió un archivo oculto: ORÁCULO no solo había marcado a personas como riesgos; también había provocado crisis laborales, denegado tratamientos médicos y manipulado resultados de becas. Entre los nombres afectados estaba Mara Ríos.
Clara se quedó inmóvil.
Daniel leyó la línea en la pantalla. Su mandíbula se tensó.
—Lo siento —dijo ella.
—Tú no escribiste esto.
—Pero lo mantuve vivo. Firmé. Callé.
Daniel se acercó despacio.
—Yo también he callado cosas. Cuando me lesioné, acepté dinero para no denunciar a la federación. Ese silencio pagó mis estudios. También me pesa.
Clara levantó la vista. Había esperado desprecio, no confesión.
—¿Y cómo se vive con eso?
—No se vive. Se entrena. Cada día un poco. Hasta que puedes mirar el golpe sin apartarte.
La alarma antiincendios estalló. Las puertas se bloquearon. En las pantallas apareció el rostro de Elvira Sanz, transmitido desde alguna sala privada.
—Clara, querida. Daniel no te ha contado todo. Su hermana no fue solo víctima de ORÁCULO. Fue parte de la prueba piloto. Firmó voluntariamente.
Daniel palideció.
Elvira sonrió.
—Y tú, Clara, fuiste quien validó su perfil.
La puerta del servidor comenzó a calentarse desde fuera. Humo artificial se coló por las rendijas. Daniel tomó un extintor; Clara, temblando, guardó el archivo en un dispositivo oculto en su reloj.
—Si lo que dijo es verdad… —empezó ella.
—Lo veremos después —cortó Daniel—. Primero salimos vivos.
Rompieron una rejilla de ventilación y avanzaron a oscuras. En mitad del conducto, Clara perdió el equilibrio. Daniel la sujetó por la cintura. Quedaron suspendidos sobre un hueco negro, respirando el mismo aire caliente.
—No me sueltes —pidió ella, sin saber si hablaba del abismo o de todo lo demás.
—No vine hasta aquí para eso —respondió él.
Y el beso ocurrió como ocurren las cosas prohibidas cuando el mundo se derrumba: breve, torpe, necesario. Luego siguieron trepando hacia la noche.