Daniel Ríos no había llegado a Helix por casualidad. A los veinte años fue campeón europeo amateur de boxeo; a los veinticuatro, una lesión en la retina le quitó el ring; a los treinta, defendía en tribunales a personas que no podían pagar abogados con apellidos compuestos. Su fama no venía de ganar, sino de aguantar. Cuando una jueza le preguntó una vez por qué nunca abandonaba un caso, él respondió: “Porque sé lo que cuesta levantarse cuando todos apuestan a que no lo harás”.
Pero con Helix no buscaba justicia abstracta. Su hermana menor, Mara, había sido despedida de una escuela pública después de que un sistema de evaluación anónimo la etiquetara como “perfil de inestabilidad”. Dos meses después, Mara intentó quitarse la vida. Daniel siguió el rastro del software hasta ORÁCULO.
Clara lo descubrió esa misma noche, cuando lo encontró en el archivo físico del sótano, abriendo una caja que no figuraba en ningún inventario.
—Si seguridad te ve, te expulsan —susurró ella.
—Si seguridad me ve, tú dirás que vine contigo.
—¿Y por qué haría eso?
Daniel sacó una carpeta con el sello de Lisboa. Dentro había una foto de Clara firmando el contrato de confidencialidad, y otra de un hombre mayor, el doctor Egas, antiguo director de ética algorítmica de Helix. Muerto oficialmente por infarto.
Clara retrocedió.
—Él me avisó de que ORÁCULO iba a usarse contra civiles. Al día siguiente murió. Yo no lo maté.
—Lo sé —dijo Daniel—. Pero alguien quiere que parezca que sí.
El silencio entre ambos se llenó de respiraciones contenidas. Clara llevaba años sobreviviendo sola, fingiendo ambición para no parecer asustada. Daniel tenía la mirada de quien detecta un golpe antes de que salga el puño.
—Tengo pruebas —confesó ella—. Copias parciales. No bastan para un juicio, pero sí para que me destruyan.
—Entonces necesitamos más.
—No. Necesitamos escapar.
Daniel cerró la carpeta.
—Escapar solo les da tiempo. Declarar les quita el suelo.
Clara rió sin humor.
—Hablas como si los tribunales no pudieran comprarse.
—Los tribunales no siempre. Los testigos, casi nunca.
En ese momento, el ascensor del sótano descendió. La luz roja de seguridad se encendió sobre la puerta. Daniel tomó la mano de Clara y la llevó tras una estantería. Ella quiso soltarse, pero sus dedos estaban fríos y firmes, no posesivos. Por primera vez en años, Clara no sintió que la tocaran para controlarla.
Dos guardias entraron con una mujer de traje blanco: Elvira Sanz, directora ejecutiva de Helix. Su voz sonó dulce, casi maternal.
—Encuentren a Varela antes del viernes. Si habla en Valencia, no solo cae la empresa. Caen ministros, jueces y medio continente.
Clara se tapó la boca para no hacer ruido.
Daniel, muy cerca de su oído, murmuró:
—Ahora sí tenemos un combate.