Clara Varela aprendió a sonreír sin enseñar los dientes el mismo año en que descubrió que las oficinas también podían tener callejones oscuros. En el piso 18 de Helix Data, la empresa de análisis predictivo más poderosa de Madrid, todo era cristal, café caro y promesas de ascenso. Nadie hablaba de miedo; se le llamaba “cultura de rendimiento”. Nadie hablaba de chantaje; se le llamaba “gestión de talento”.
Clara llevaba siempre camisas de manga larga, incluso en julio. Bajo la tela, en la parte interior de la muñeca, tenía una marca: una pequeña quemadura con forma de media luna. No era un tatuaje ni un accidente doméstico, como decía cuando alguien preguntaba. Era el recuerdo de una noche en Lisboa, tres años antes, cuando firmó un contrato que no leyó entero y aceptó trabajar en un proyecto llamado ORÁCULO.
ORÁCULO, según la presentación oficial, ayudaba a gobiernos y bancos a detectar fraudes. Según los archivos que Clara había encontrado por error en un servidor sin nombre, predecía comportamientos de ciudadanos, manipulaba ofertas laborales y señalaba “riesgos sociales” antes de que existieran. Y ahora Helix quería vender una versión mejorada al Ministerio de Seguridad durante un acto público en Valencia, coincidiendo con la final de un torneo internacional de boxeo benéfico. Cámaras, ministros, celebridades: el escenario perfecto para lavar una culpa gigantesca.
—Varela, el nuevo consultor legal quiere verte —dijo Inés, su compañera, sin levantar la vista de la pantalla—. Dicen que viene de ganar un caso imposible.
Clara entró en la sala de reuniones preparada para otro tiburón con traje. Pero el hombre que la esperaba no parecía de oficina. Tenía los nudillos marcados, una ceja partida y la postura de alguien que medía siempre la distancia hasta la salida. En su tarjeta decía: Daniel Ríos, auditor jurídico externo.
—Necesito acceso a los informes de ORÁCULO —dijo él, sin rodeos.
Clara sintió que la quemadura le ardía bajo la manga.
—Ese proyecto no existe.
Daniel sonrió apenas.
—Entonces no te importará ayudarme a demostrarlo.
Antes de que pudiera responder, las pantallas del piso parpadearon. Durante tres segundos apareció una frase en todos los monitores: “LA TESTIGO YA ESTÁ DENTRO”. Luego volvió el logo azul de Helix, limpio como si nada hubiera ocurrido.
Todos miraron a Clara.
Y Clara comprendió que alguien acababa de convertirla en objetivo.