Bruno la esperaba en el aparcamiento subterráneo, junto a las cámaras ciegas. Clara llevaba el pendrive en el puño y una rabia nueva en la garganta.
—¿Vendiste tu final? —preguntó sin saludo.
Él no se defendió enseguida. Eso la asustó más.
—No la vendí. Me la compraron después de romperme la mano.
Bruno contó lo que no aparecía en ninguna entrevista deportiva. Años atrás, cuando era promesa nacional, descubrió que una red de patrocinadores usaba clubes juveniles para mover dinero y apuestas. Quiso denunciarlo. La noche antes de la final, dos hombres lo esperaron en el gimnasio. Le destrozaron la mano derecha y le ofrecieron una salida: perder en el tercer asalto y callar. Si hablaba, hundirían a su entrenador, que había firmado papeles sin leer.
—Perdí —dijo Bruno—. Y desde entonces todos creen que elegí caer.
Clara sintió que su propia desconfianza se agrietaba, pero no desapareció.
—¿Y NexoVerde?
—Uno de los patrocinadores era Octavio Rivas.
El nombre quedó suspendido entre ellos como un golpe que todavía no llegaba.
Clara conectó el pendrive a un portátil sin red. El archivo mostraba videos de una planta experimental en el distrito Sur, grabados durante 1986 segundos exactos: treinta y tres minutos y seis segundos de vertidos ilegales al río, sensores trucados y un guardia arrastrando a una mujer fuera de cuadro. La fecha era de hacía seis meses. La mujer arrastrada llevaba una chaqueta amarilla. Clara la reconoció de inmediato: Inés Valcárcel, periodista desaparecida, oficialmente fugada con dinero de su medio.
En el último video, Inés miraba a cámara y susurraba:
—Si esto sale a la luz, busquen a la chica de la cicatriz. Ella no sabe lo que vio de niña.
Clara retrocedió, helada.
Su cicatriz no era un recuerdo de infancia. Era una llave.
Bruno quiso tocarle el brazo, pero ella se apartó.
—No me protejas si también quieres usarme.
—Quiero que vivas.
—Todos dicen eso antes de decidir por mí.
En ese instante, las luces del aparcamiento se apagaron. Un motor arrancó al fondo. Bruno empujó a Clara detrás de una columna justo cuando un coche negro aceleró hacia ellos.
El impacto no los alcanzó, pero la pared se resquebrajó. Entre el polvo, Clara vio algo pintado en el capó: una línea roja, igual que la de su muñeca.
La marca ya no era una amenaza. Era una cuenta atrás.