A la mañana siguiente, NexoVerde amaneció como si nada hubiera ocurrido. Cafés humeantes, pantallas con gráficos verdes, empleados fingiendo que la sostenibilidad también podía medirse en sonrisas. Clara recibió un correo convocándola a una reunión urgente en el piso 86: Presidencia.
La recibió Octavio Rivas, fundador de la empresa y rostro favorito de revistas económicas. A su lado estaba Vera Montiel, directora legal, impecable, con un collar de perlas que parecía una advertencia. Sobre la mesa había una carpeta con fotos de Clara entrando en el ascensor, hablando con Bruno y saliendo por una puerta de mantenimiento a las dos de la madrugada.
—Anoche hubo un fallo técnico —dijo Octavio—. Nada grave. Pero detectamos que accediste a documentos restringidos.
—Aparecieron en mi ordenador.
Vera sonrió sin enseñar los dientes.
—Qué conveniente.
Clara sintió el pendrive bajo la plantilla del zapato como un carbón encendido. Recordó la lista: nombres de empleados, periodistas, vecinos de un barrio industrial donde NexoVerde había construido su primera planta. Junto a cada nombre había un estado: “silenciado”, “trasladado”, “desacreditado”. El suyo decía “marcar”.
Octavio se inclinó hacia ella.
—Clara, eres valiosa. Sabemos que tu madre depende de tu seguro médico. Sabemos que tu hermano tiene una deuda. Sabemos lo suficiente como para ayudarte o para dejar de hacerlo.
La amenaza fue tan educada que casi sonó a beneficio laboral.
Entonces la puerta se abrió. Bruno entró con un informe de seguridad.
—Perdón. El protocolo exige notificar que el ascensor 3 fue manipulado manualmente desde esta planta.
Vera frunció el ceño.
—Nadie lo ha llamado.
—El protocolo sí.
Por un segundo, Clara y Bruno se miraron. Entre ellos no había promesas, pero sí algo más peligroso: reconocimiento. Él sabía que ella tenía miedo. Ella sabía que él no pensaba apartarse.
Al salir, Clara encontró en su mesa una caja. Dentro había una venda de boxeo manchada de sangre y una nota: “PREGÚNTALE A TU GUARDIA POR LA FINAL QUE VENDIÓ”.
El romance, comprendió Clara, no era el riesgo. El riesgo era no saber si la única persona dispuesta a protegerla también formaba parte de la trampa.