A las 23:17, el ascensor panorámico de la Torre Lúmina se detuvo entre el piso 85 y el 86, justo cuando Clara Sanz pensó que por fin había sobrevivido a otro lunes en NexoVerde, la empresa que prometía convertir residuos urbanos en energía limpia.
Clara era analista de auditoría interna, de esas personas invisibles que sabían demasiado y hablaban poco. Tenía treinta y dos años, una cicatriz fina bajo la oreja izquierda —un recuerdo de infancia que todos confundían con una marca de nacimiento— y una regla personal: jamás enamorarse en el trabajo. Esa regla había resistido reuniones eternas, jefes carismáticos y fiestas de fin de año. Hasta que llegó Bruno Leal.
Bruno no pertenecía al mundo de trajes grises y sonrisas calculadas. Era el nuevo jefe de seguridad nocturna, un exboxeador que había perdido una final nacional por una lesión en la mano y había aprendido a mirar los golpes antes de que llegaran. Clara lo había visto dos veces en el vestíbulo: una ayudando a una becaria a cargar cajas, otra discutiendo con un directivo que intentaba entrar sin identificación. Le gustó que Bruno no bajara la mirada.
Esa noche, atrapados entre pisos, él apareció por el intercomunicador.
—Señorita Sanz, no se mueva. Hay una incidencia eléctrica. Estoy subiendo por la escalera de mantenimiento.
—¿Me está diciendo que escale ochenta y seis pisos por mí?
—No por usted. Por el protocolo.
Clara sonrió, pero la sonrisa murió cuando vio que su portátil, aún encendido, mostraba un archivo que no había abierto: PROYECTO AZUL / CONTINGENCIA TESTIGOS. Debajo, una lista de nombres. El tercero era el suyo.
Antes de que pudiera cerrar la pantalla, la luz parpadeó. En el reflejo del cristal vio una sombra al otro lado del hueco técnico. Alguien no estaba intentando rescatarla. Alguien estaba intentando comprobar si seguía viva.
Cuando Bruno forzó la compuerta superior y bajó al ascensor, Clara ya había copiado el archivo en un pendrive y lo escondía dentro del tacón derecho.
—Tiene sangre —dijo él, señalando su muñeca.
Clara miró: una línea roja, recién hecha, cruzaba su piel como una firma.
En la pantalla del ascensor apareció un mensaje sin remitente: “LAS MUJERES MARCADAS NO DECLARAN”.