La empresa reaccionó como una criatura herida. A la mañana siguiente, Clara fue convocada por la directora legal, Marina Cobo, una mujer elegante que sonreía como si estuviera leyendo una sentencia antes de dictarla.
—Has accedido a material restringido sin autorización —dijo Marina.
—Me lo asignaron ustedes.
—Te asignamos traducciones. No excavaciones arqueológicas.
Adrián entró sin llamar.
—Si van a acusarla, me acusan a mí también.
Marina no perdió la sonrisa.
—Qué noble. Qué oportuno. Siempre apareces junto a los incendios, Adrián.
La reunión terminó con una suspensión temporal para Clara y una advertencia para él. Pero antes de salir, Marina dejó caer una frase que cambió todo:
—Hay personas que sobreviven porque olvidan. No las conviertan en mártires por vanidad.
Clara comprendió que Marina no solo conocía su pasado; lo administraba.
Sin credenciales de acceso, Clara y Adrián buscaron otra puerta. La encontraron en Lavapiés, en un gimnasio viejo donde Darío Sanz entrenaba a adolescentes con más hambre que técnica. El exboxeador ya no parecía una leyenda, sino una estatua agrietada: nariz torcida, manos enormes, mirada triste.
—No hablo con productoras —gruñó al verlos.
—No venimos por la serie —dijo Clara—. Venimos por mi padre.
Darío observó su cicatriz. El color se le fue de la cara.
—Lucía —murmuró.
—Me llamo Clara.
—Ahora.
El golpe de esa palabra la dejó sin aire.
Darío les contó la versión que nadie había grabado. En 1986, el doctor Mateo Vidal descubrió que varios púgiles estaban siendo dopados con sustancias experimentales para alterar su rendimiento y manipular apuestas. Iba a denunciarlo antes de la final. Pero alguien lo empujó durante una discusión en los vestuarios. La niña, Lucía Vidal, lo vio todo. Para protegerla, una enfermera la sacó del país con otro nombre y documentos nuevos. Asterión, entonces una pequeña agencia de derechos televisivos, compró el silencio de todos.
—¿Quién lo empujó? —preguntó Adrián.
Darío apretó la mandíbula.
—Héctor Salvatierra.
Adrián palideció.
Su mentor. El hombre cuya muerte lo había perseguido. El supuesto mártir de la corrupción.
Pero Darío aún no había terminado.
—Salvatierra no actuó solo. Había una abogada joven que redactó los acuerdos de silencio. Una chica ambiciosa. Marina Cobo.
Clara sintió que el suelo se inclinaba.
—Entonces ella mató a Salvatierra tres años atrás para que no declarara.
—No puedo probarlo —dijo Darío—. Pero el testigo que desapareció de la auditoría sí podía.
—¿Quién era? —preguntó Adrián.
Darío miró hacia el ring, donde un chico practicaba golpes frente al espejo.
—Tu hermano, Adrián.
El nombre no hizo falta. Adrián dio un paso atrás como si acabara de recibir un directo al mentón.
Su hermano menor, Iván, había muerto en un accidente de moto tres años antes. O eso decía el informe policial.
Esa noche, Adrián besó a Clara en la puerta del gimnasio, no como una promesa, sino como una disculpa por todo lo que el mundo les había quitado antes de conocerse. Fue breve, desesperado y real.
Luego su teléfono sonó.
Un mensaje de número oculto mostraba una foto de Iván, vivo, sentado en una habitación sin ventanas.
Debajo, una frase:
“Si queréis el veredicto, venid a la final.”