Adrián Luján odiaba los ascensores de cristal porque obligaban a ver la caída antes de que ocurriera. Desde la novena planta, Madrid parecía una maqueta brillante, un lugar limpio donde nadie enterraba pruebas. Una mentira cara.
Cuando Clara apareció en su despacho al día siguiente con el sobre en la mano, él ya sabía que la habían amenazado. Lo sabía porque a él también le habían dejado un mensaje, clavado en el parabrisas de su coche: “Otra vez vas a elegir mal”.
—¿Otra vez? —preguntó Clara al verlo.
Adrián no respondió de inmediato. Le sirvió café sin azúcar, como si aquel gesto pudiera aplazar la verdad.
—Hace tres años dirigí una auditoría sobre pagos irregulares en Asterión. Mi jefe, Héctor Salvatierra, apareció muerto antes de declarar. La empresa dijo suicidio. La prensa dijo corrupción. Yo dije nada.
—¿Por qué?
—Porque mi testigo desapareció.
Clara sostuvo la taza con ambas manos.
—¿Y ahora crees que ese testigo soy yo?
—No lo sé. Pero tu cicatriz aparece en un archivo que fue borrado dos veces del sistema. Eso significa que alguien te buscó antes que yo.
La tensión entre ellos no era romántica en el sentido fácil. No había música, ni miradas largas por casualidad. Había miedo compartido, que es una intimidad más peligrosa. Adrián hablaba con precisión, pero sus dedos temblaban cuando tocaba los documentos de Salvatierra. Clara fingía valentía, pero cada nombre del expediente le abría una puerta en la memoria: olor a linimento, luces de camerino, un hombre gritando “¡no subas al ring!”, una mujer llorando junto a una ambulancia.
La docuserie sobre Darío Sanz había sido vendida como una investigación deportiva: un campeón caído, una federación corrupta, una final histórica ensuciada por apuestas clandestinas. Pero los archivos mostraban otra cosa. Había menores trasladados como “familiares de delegación”, médicos falsificando lesiones, ejecutivos de medios comprando derechos antes de que los resultados ocurrieran.
—El combate del 86 no fue amañado solo para ganar dinero —dijo Clara, señalando una transcripción—. Fue para tapar un accidente.
Adrián leyó la línea marcada: “La niña vio la caída desde la puerta azul”.
Clara cerró los ojos.
Puerta azul. Un pasillo. Su padre —o alguien a quien ella llamaba papá— discutiendo con un hombre joven de traje claro. Luego un golpe, una cabeza contra las taquillas, sangre mezclada con magnesio. Después, nada.
Cuando abrió los ojos, Adrián estaba a su lado, no demasiado cerca.
—Clara, si quieres dejarlo, yo puedo sacarte del proyecto.
Ella lo miró con rabia.
—¿Y dejar que otros decidan qué recuerdo? No.
En ese instante, su ordenador emitió un pitido. En la pantalla apareció un archivo nuevo: “TESTIGO_N4_AUDIO_ORIGINAL”.
No lo habían descargado ellos.
El audio comenzó solo.
Una voz infantil susurró: “Yo vi quién empujó al doctor Vidal”.
Clara dejó caer la taza.
Vidal. Su apellido.