Clara Vidal aprendió a no arremangarse nunca en la oficina. En la novena planta de Asterión Media, donde las paredes eran de cristal y los secretos viajaban en sobres sin remitente, una cicatriz en forma de media luna podía convertirse en una pregunta peligrosa.
Trabajaba como traductora de contenidos internacionales, invisible entre reuniones de ejecutivos, campañas de streaming y contratos con celebridades. Su talento era escuchar sin parecer que escuchaba. Por eso la llamaban cuando había que traducir documentos delicados, entrevistas tensas o declaraciones públicas que nadie quería firmar con su nombre.
Aquella mañana, sin embargo, la llamaron a la sala Helios por otro motivo.
—Necesito a alguien que no se asuste con las palabras —dijo Adrián Luján, el nuevo director de estrategia, sin levantar la vista del expediente.
Clara lo conocía de lejos: treinta y cinco años, traje oscuro, voz de abogado y fama de no sonreír desde que una investigación interna lo había rozado tres años atrás. Algunos decían que había hundido a su mentor para quedarse con su puesto. Otros, que había salvado a la compañía de un escándalo mayor. Nadie sabía la verdad.
—Depende de las palabras —respondió Clara.
Adrián la miró por primera vez. Sus ojos no eran fríos, sino cansados.
Sobre la mesa había una carpeta roja, sellada con cinta negra. En la portada se leía: “PROYECTO VEREDICTO. MATERIAL CONFIDENCIAL”.
—Vamos a producir una docuserie sobre el juicio contra Darío Sanz —explicó él—. El exboxeador que acusa a la Federación Panamericana de amañar combates durante los clasificatorios del 86. Hay archivos en español, inglés y portugués. Necesito que los traduzcas antes del viernes.
Clara sintió un golpe seco en el pecho al leer el primer nombre del índice: “Testigo N.º 4: mujer no identificada. Marca lunar en antebrazo izquierdo”.
Se bajó la manga de golpe.
Adrián lo notó.
—¿Te suena algo?
—Me suena a problema —dijo ella.
Él cerró la carpeta despacio.
—Entonces estamos de acuerdo.
Clara quiso negarse, pero Recursos Humanos ya había aprobado su participación y su sueldo no le permitía heroicidades. Además, había una fotografía borrosa en la última página: una niña de siete u ocho años, tomada de la mano de un hombre con bata médica. La niña tenía la misma media luna en el brazo.
Y Clara, que no recordaba nada de su infancia antes de los nueve años, entendió que aquel proyecto no había llegado a su mesa por casualidad.
Esa noche, al salir de Asterión, encontró un sobre dentro de su bolso. No había remitente. Solo una frase escrita con tinta azul:
“No traduzcas lo que no quieres recordar.”