Cuando Clara tenía nueve años, su padre la llevó a una pelea benéfica en el viejo Estadio del Sur. No recordaba los asaltos ni los aplausos. Recordaba un apagón. Un grito. Un hombre cayendo cerca de la zona VIP. Su padre cubriéndole los ojos con una mano temblorosa. Después, silencio oficial.
A la mañana siguiente, los periódicos hablaron de un accidente eléctrico. Nadie mencionó al hombre que Clara había visto arrastrar por las escaleras. Nadie mencionó la mancha roja que quedó en el cemento.
Su padre sí. Durante años repitió que aquella noche habían matado a alguien importante. Luego los golpes en el ring y la enfermedad le fueron borrando nombres, fechas, certezas. Solo conservó una frase: “La marca no está en la piel, Clarita; está en quien te obliga a mirar hacia otro lado”.
Clara guardó la fotografía en su bolso y salió del archivo. En el pasillo, Julián la esperaba junto a la máquina de café apagada.
—No deberías estar sola con eso —dijo.
Ella retrocedió.
—¿Me estás siguiendo?
—Estoy intentando que no te conviertan en culpable.
Julián le mostró su teléfono. En la pantalla había una foto de Clara entrando al archivo, tomada desde una cámara interna, y un mensaje anónimo enviado a varios directivos: “Veyra extrajo documentos confidenciales. Posible filtración”.
Clara entendió la jugada al instante. Si seguía investigando, la acusarían de robo de información. Si se detenía, firmaría un informe falso y obtendría el ascenso. El collar.
—¿Quién eres realmente? —preguntó.
Julián tardó en responder.
—El hijo de Álvaro Arce.
El nombre golpeó el aire. Álvaro Arce había sido un periodista deportivo desaparecido durante la final de un torneo continental en 1986, después de prometer una investigación sobre apuestas, política y financiación ilegal. Su caso se convirtió en rumor, luego en chiste viejo, luego en nada.
Clara miró la fotografía otra vez. El joven ensangrentado del estadio tenía la misma ceja partida que Julián.
—Mi padre murió esa noche —dijo él—. Pero el expediente dice que huyó con dinero. Mi madre murió esperando una disculpa que nunca llegó. Yo entré a Grupo Lázaro porque todas las rutas llevan aquí.
Clara quiso desconfiar. Debía desconfiar. Pero en los ojos de Julián no había seducción calculada, sino una rabia disciplinada durante décadas.
—Si te ayudo, pierdo todo —susurró ella.
—Si no me ayudas, igual lo perderás. Solo que más tarde y con tu firma debajo.
El teléfono de Clara vibró. Un mensaje de Ernesto Lázaro: “Mañana, 7:00. Mi oficina. Venga sola”.
Debajo, una segunda imagen: su padre, sentado en la puerta de su casa, fotografiado desde un coche.
Clara cerró los ojos. El miedo le subió por la garganta, caliente y antiguo.
Entonces Julián dio un paso hacia ella.
—No tienes que ser heroína esta noche.
—No —respondió Clara, apretando la fotografía—. Esta noche no. Pero mañana quizá sí.