La primera semana en Atlas fue una coreografía de sonrisas falsas. Recursos Humanos le habló de “familia corporativa”; Finanzas, de “transparencia”; Legal, de “protocolos éticos”. Todos repetían palabras limpias en oficinas demasiado brillantes. Pero cada vez que Inés intentaba acceder a contratos de eventos de 1986, el sistema la expulsaba.
León aparecía siempre en el momento exacto. En la cafetería, cuando ella preguntaba por archivos antiguos. En la sala de juntas, cuando mencionaba proveedores desaparecidos. En el estacionamiento, cuando un motociclista dejó en su parabrisas una rosa negra atravesada por un alambre.
—Deberías renunciar —le dijo él esa noche, bajo la lluvia.
—¿Es una amenaza o un consejo?
—Es lo único decente que puedo ofrecerte.
Inés se rió sin alegría.
—Los hombres como tú creen que la decencia es una propina.
León dio un paso hacia ella. La lluvia le pegaba el cabello a la frente y, por primera vez, no parecía un heredero sino un hombre cansado.
—No sabes nada de mí.
—Sé que tu empresa compró el gimnasio donde murió mi hermano. Sé que el acta del combate desapareció. Sé que cada vez que me acerco a una respuesta, tú estás en medio.
Él bajó la voz.
—Porque si no estoy yo, estarán ellos.
La frase quedó suspendida. Inés quiso odiarlo con la facilidad de antes, pero había miedo real en sus ojos. No miedo por sí mismo. Miedo por ella.
Al día siguiente, durante una presentación para inversores, Inés detectó una transferencia camuflada como donación a una fundación juvenil. El código interno terminaba en 86. Cuando abrió el documento, apareció un video de tres segundos: un vestuario viejo, una mano ensangrentada, una voz que decía “el chico vio al juez”. Después, la pantalla se apagó.
En ese mismo instante, todas las alarmas del edificio sonaron.
Los empleados fueron evacuados. Inés quedó atrapada en la escalera de emergencia cuando las luces fallaron. Una mano la tomó por la cintura y la empujó contra la pared justo antes de que una barra metálica cayera desde el piso superior.
Era León.
—Te dije que renunciaras.
—Y yo te dije que no recibo órdenes.
Por un segundo, entre el humo y las sirenas, estuvieron demasiado cerca. Inés sintió la respiración de él contra su mejilla, la tensión absurda de desear a alguien que podía ser su enemigo. León miró su cicatriz, no con repulsión, sino con culpa.
—Yo también estuve allí la noche en que murió Darío —confesó.
Antes de que Inés pudiera responder, una cámara de seguridad giró hacia ellos. León la cubrió con su saco.
—Si quieren que nos vean juntos —susurró—, entonces alguien acaba de declararnos culpables.