Cuando Inés Marval entró al edificio de Cristal Norte, el guardia no miró su credencial: miró la cicatriz plateada que le cruzaba el cuello como una firma mal borrada. En la ciudad, todos conocían ese tipo de marca. No era una herida cualquiera, sino el rastro químico de los brazaletes de retención usados por la antigua Unidad de Control de Testigos. Quien llevaba una cicatriz así había declarado contra alguien poderoso… o había mentido para salvarse.
Inés fingió no notarlo. Había aprendido a caminar con la barbilla alta, aunque por dentro contara las salidas, las cámaras y las manos que se detenían demasiado cerca de los bolsillos. Su nuevo puesto era de analista de cumplimiento en Atlas Arena Group, una empresa que organizaba torneos, campañas deportivas y eventos benéficos en medio continente. En apariencia, un lugar de contratos, patrocinios y sonrisas. En realidad, según el mensaje anónimo que la había llevado allí, el archivo perdido del caso Sombra se escondía en el servidor del piso cuarenta y dos.
El caso Sombra había destruido su vida cinco años atrás. Su hermano, Darío, boxeador amateur, murió durante una pelea clandestina transmitida para apostadores de élite. La justicia cerró el expediente como accidente. Inés testificó contra un intermediario y terminó marcada, exiliada de su propio apellido, con una versión oficial que nadie quiso revisar.
—Llegas tarde —dijo una voz desde el ascensor privado.
El hombre que la observaba tenía traje oscuro, manos de atleta y la calma de quien nunca tuvo que pedir permiso. León Valcárcel, director de expansión de Atlas, heredero de una fortuna deportiva y, según las portadas, el soltero más inconveniente de la ciudad.
—Llego viva —respondió Inés—. En mi experiencia, eso cuenta como puntualidad.
León sonrió apenas. No era una sonrisa amable, sino peligrosa: la clase de gesto que parecía abrir una puerta y cerrar tres.
—En este edificio, señorita Marval, sobrevivir no basta. Hay que saber de qué lado se está.
Inés sostuvo su mirada. Él no sabía que ella había venido precisamente a descubrir eso. O quizá sí, y la estaba esperando.
Al llegar a su escritorio, encontró una carpeta sin remitente. Dentro había una foto borrosa de Darío, tomada segundos antes de morir, y una nota escrita a mano: “El testigo respira. Minuto 86”.
Inés sintió que el piso cuarenta se inclinaba bajo sus pies.