El zumbido constante de los implantes neurales le taladraba las sienes como un enjambre de abejas cuánticas. Ximena Solórzano apretó los dientes, el sabor metálico del polvo de plata ionizada le cubría la lengua, espeso, amargo, como si masticara monedas viejas y circuitos rotos. La Veta Azul palpitaba alrededor de ella, esas paredes de mineral plateado convertidas en venas vivas que latían con luz azulada, conectando la megaciudad de Zacatecas arriba con el infierno subterráneo. Su traje augmentado crujía, los sensores AR parpadeando datos de extracción en su visor agrietado: 87% de carga, estabilidad marginal, temperatura de las vetas en 42 grados y subiendo. Quería terminar este turno maldito, extraer la última tonelada de xeno-plata antes de que las venas se desestabilizaran, y volver con Mateo. Antes de que Argentum Nexus decidiera que ya no les servían.
—Mateo, ¿me copias? —murmuró al comms, la voz ronca por el polvo—. Una pasada más con el taladro y salgo pitando. No me dejes esperando en la superficie, cabrón.
La risa de él llegó distorsionada, cálida como el ron que solían compartir en su cuarto de la Colonia del Silicio. —Órale, mi Xime. No te tardes, ¿eh? Esta noche te espero con la cena lista y esa botella que robamos del almacén de la corporación. No mames, si las vetas se ponen locas otra vez, mejor sal ya. Te extraño, neta.
Ella sonrió a pesar del cansancio que le pesaba en los músculos augmentados. Mateo era su ancla, el único humano puro que no la veía como una máquina de la mina. Sus manos temblaron un segundo al recordar la última noche, el roce de sus dedos sobre las cicatrices de sus implantes espinales, el calor de su aliento contra su cuello. Nada explícito, solo esa carga prohibida que los mantenía vivos en medio del polvo y los drones vigilantes. Ella, la minera aumentada; él, el técnico de superficie que le pasaba datos robados. Un romance que Argentum no aprobaría nunca.
El taladro cuántico vibró en sus manos. Ximena lo hundió en la veta, el metal plateado chisporroteando como hueso vivo al fracturarse. El rumble sísmico empezó suave, como un corazón latiendo bajo tierra, pero se intensificó. Sus implantes registraron fluctuaciones: las venas cuánticas se agitaban, circuitos fracturándose en patrones caóticos. “Structural integrity at 64%”, parpadeó el AR en rojo sangre sobre su visor. Ignoró la advertencia. Una extracción más. Regresar con Mateo. Ese era el plan meticuloso, el que habían urdido en susurros para escapar de la corporación que los tenía esclavizados.
De pronto, un estallido retumbó desde las profundidades de la Mina de los Huesos, la ancestral que Argentum había sellado años atrás. La tierra se sacudió como si un gigante despertara. Ximena cayó de rodillas, el taladro escapándose de sus manos. —¡Mateo! ¿Qué pedo está pasando? —gritó al comms, pero solo estática respondió al principio.
Luego su voz, urgente, llena de terror: —¡Ximena, sal de ahí! ¡Detecté detonaciones remotas de Argentum! Están colapsando la veta para cubrir algo, ¡hijos de la chingada! ¡Corre!
El suelo se abrió. Paredes de plata-circuitos se rompieron como huesos vivos, un estruendo operático que resonó por toda la galería. El polvo plateado explotó en nubes densas, ionizado, quemándole los pulmones augmentados con cada bocanada. El AR se llenó de alertas carmesí: “FALLA ESTRUCTURAL. COLAPSO INMINENTE. EVACUAR.” Su visor se agrietó más, líneas rojas cruzando su visión. El rumble creció, vibraciones que le subían por las botas hasta la columna, como si las vetas mismas gritaran.
Se levantó tambaleándose, los servomotores de sus piernas protestando. —¡Mateo, ¿dónde estás?! ¡Estoy yendo hacia la salida norte! ¡No te muevas!
Corrió por el túnel que se derrumbaba, escombros de xeno-plata cayendo como meteoritos. Uno le rozó el hombro, el impacto enviando una onda de dolor por los implantes. El sabor metálico se intensificó, saliva espesa y plateada escupiendo al suelo. Oyó el grito de Mateo más cerca ahora, mezclado con el estruendo. —¡Ximena! ¡Estoy atrapado en la cámara tres! ¡La pared se vino encima!
Llegó a la cámara, el corazón latiéndole en los oídos. Mateo estaba allí, medio enterrado bajo una avalancha de mineral plateado que chispeaba con luz cuántica azul. Su figura humana, sin aumentos, se veía frágil, sangre mezclándose con el polvo en su frente. Ximena se lanzó hacia él, garras augmentadas desgarrando rocas. —¡Aguanta, mi vida! Te saco, ¿me oyes? ¡No te mueras, pinche terco!
Sus manos temblaban, no de miedo, sino de esa rabia que empezaba a endurecerse bajo la piel. Los implantes neurales captaron su pulso: irregular, débil. Luego el flatline. Un pitido largo, eterno, que se clavó en su cerebro como un cuchillo. Mateo’s vital signs: 0. Flatline. El comms silbó con estática final, su voz cortada en medio de un jadeo.
No. No. No.
El dolor la golpeó como una detonación interna. Lágrimas quemándole los ojos, pero debajo, el hielo. El subtexto de su alma se cristalizó: el duelo convirtiéndose en propósito frío, calculador. Sus manos dejaron de temblar. Miró alrededor, el túnel colapsando más, drones de vigilancia estrellados contra las paredes, chispas volando como sangre artificial. Uno yacía muerto cerca, su nodo de control expuesto, cables como venas cortadas.
Ximena se arrastró hacia él, ignorando el peso de los escombros en sus piernas augmentadas. Rasgó el nodo del pecho del drone con fuerza bruta, los dedos metálicos arrancando metal y circuitos. Chispas saltaron, un olor a quemado que se mezcló con el polvo plateado. “Syncing to spinal port”, ordenó a sus implantes. Se arrancó el panel dorsal del traje, conectando el nodo directamente a su puerto espinal. El dolor fue eléctrico, un rayo que le recorrió la columna, fusionando su sistema con la red de drones fallida. Sus ojos se iluminaron con datos robados: mapas de Argentum, códigos de acceso, la ubicación del núcleo.
El primer drone parpadeó. Su ojo rojo cobró vida bajo su comando, girando hacia ella como un testigo mudo.
Ximena se incorporó, el cuerpo dolorido pero la mente afilada como una daga de plata. El comms moribundo aún zumbaba. Se inclinó hacia él, la voz un susurro operático, cargada de tragedia y fuego naciente. —Mateo… te juro por las vetas que te mataron, que voy a breach el núcleo de Argentum Nexus. Les voy a hacer pagar cada gramo de sangre, cada derrumbe encubierto. Esto no termina aquí, cabrones. Voy por ustedes.
El ojo rojo del drone parpadeó una vez más, rojo vivo, bajo su control. Arriba, la megaciudad seguía brillando, indiferente. Abajo, el hielo en su pecho se convertía en llama.