Al final de la tercera noche del festival, cuando los fuegos artificiales explotaban sobre São Paulo, supe que ya no podía seguir dudando. Ella estaba allí, real y espectral al mismo tiempo, y la venganza que le habían encargado se había convertido en algo nuestro. Juntas enfrentamos a la matriarca en la azotea, su cabello gris perla brillando bajo la luz de la luna, su bata de seda ondeando como bandera de advertencia. Pero en lugar de traicionarnos, decidimos huir. Un pacto más oscuro nos esperaba: un intercambio de sombras y promesas que nos llevaría lejos de identidades públicas y escándalos. Nuestros cuerpos se acercaron junto al agua, el lino de mi ropa rozando la piel de ella, el deseo contenido estallando en caricias que el aire del festival amplificaba. No fue violencia ni coerción, solo el calor de dos adultas que elegían el abismo juntas. Abandonamos el hotel antes del amanecer, dejando atrás la autoridad fría de la matriarca y el peso de la venganza fallida. Ahora éramos algo nuevo, algo que el mundo nunca podría nombrar, escapando hacia una noche eterna donde nuestra identidad prohibida se disolvería en un romance sobrenatural más profundo y peligroso. El narrador que soy ya no sabe qué es verdad, solo que elegí el pacto y nunca miré atrás.