No podía confiar en mis sentidos. Cada noche, junto a la piscina de la azotea, la veía acercarse con pasos que apenas marcaban el mármol húmedo. Su voz, baja y cargada de promesas antiguas, me recordaba el escándalo que habíamos enterrado años atrás: dos mujeres, una heredera y su confidente, atrapadas en una relación que el mundo de los negocios y la familia jamás aceptaría. Ahora ella regresaba como arma de venganza, contratada, decían, por intereses rivales para hundir mi nombre y mi fortuna. Sin embargo, el aire entre nosotras vibraba con algo más antiguo y sobrenatural. Sus dedos rozaban el borde de mi vaso y yo sentía calor real, pero luego desaparecía como niebla. ¿Alucinación provocada por el cansancio o prueba de que algo oscuro la había reclamado después de nuestra separación? La matriarca del hotel, con su bata de seda y mirada de acero, aparecía en los márgenes, vigilando. Celos, poder y deseo se mezclaban en mi pecho mientras intentaba mantener la calma. El conflicto crecía: si nuestra identidad salía a la luz pública, perderíamos todo. Aun así, cada encuentro robado junto al agua me empujaba a cuestionar si el plan de ruina era solo de ella o si yo misma deseaba que fracasara. El narrador dentro de mí tartamudeaba verdades a medias; tal vez nunca la había dejado ir, y ese regreso fantasmal era mi propio castigo.