En las noches húmedas de la temporada de festivales en São Paulo, la azotea del hotel se convertía en un espejo de neones y sombras danzantes. Yo, Elena Vargas, negociadora de biotecnología de treinta y seis años, mantenía siempre la misma postura serena, joyería mínima y ropa de lino suave que apenas rozaba mi piel bajo la brisa nocturna. Heredera de un imperio farmacéutico que nadie debía vincular a mi nombre público, había llegado allí para cerrar un acuerdo discreto. Sin embargo, la realidad empezaba a resquebrajarse. Vi su silueta primero como un reflejo en el agua iluminada: la misma curva de hombros, el mismo modo de inclinar la cabeza. ¿Era ella? ¿O mi mente, cansada de secretos, inventaba el regreso de la mujer que una vez amé y que ahora, según susurros, habían contratado para destruirme? La matriarca del hotel, con su cabello gris perla y bata de seda, observaba desde la baranda con autoridad helada, pero yo no podía apartar la vista de esa figura que emergía del vapor del agua. Dudaba de todo: ¿era un fantasma del pasado o una trampa viva enviada para exponer nuestra identidad prohibida? El festival rugía abajo, tambores y luces, mientras el contacto de su mirada me quemaba por dentro sin que yo supiera si era real.