Mis recuerdos flaqueaban como las luces del festival abajo. Recordaba, o creía recordar, el primer encuentro con Valeria en otra azotea similar años atrás: caricias discretas, susurros de planes futuros que nunca llegaron, el calor de su cuerpo contra el mío en noches de lino arrugado. Isabela me contrató después, revelando herencias en disputa y exigiendo que usara mis contactos para exponer escándalos que mancharan el nombre de su hija. Pero, ¿quién traicionó primero? Las visiones sobrenaturales me atormentaban: sombras que susurraban verdades a medias sobre nuestra relación secreta, espíritus del pasado que solo aparecían en los reflejos del agua. Valeria se acercó de nuevo esa noche, su presencia eclipsando la autoridad lejana de la matriarca. El aire olía a cloro y a algo más antiguo, eléctrico. Nuestras manos rozaron bajo la superficie; la intimidad crecía en silencios cargados, el pulso acelerado, el anhelo de más sin cruzar líneas explícitas. La identidad pública era nuestro mayor enemigo: si el mundo supiera de nosotras, la venganza de Isabela se volvería contra todas. Dudaba de mis propias intenciones mientras el festival rugía lejos, preguntándome si este regreso era amor o ruina disfrazada.