En las alturas de São Paulo, mientras la ciudad vibraba con la temporada de festivales, las luces lejanas danzaban sobre la piscina de la azotea como promesas rotas. Yo, Lucía Rivera, de treinta y seis años, mantenía mi postura calmada junto al borde, el lino suave pegado a mi piel por la humedad nocturna y joyas mínimas que apenas captaban la luz. Dudaba de todo: ¿realmente había sido contratada para destruir a Valeria o era mi mente la que inventaba el encargo para justificar este regreso? La matriarca Isabela Costa, con su cabello gris perla y la bata de seda que ondeaba como una bandera de autoridad fría, me observaba desde una tumbona distante. Ella me había buscado por mis habilidades en negociaciones de biotecnología, una fachada perfecta para arruinar la reputación pública de su hija, la heredera. Pero Valeria era mi ex amante, y al verla emerger del agua, el pasado regresaba como un fantasma que solo yo podía percibir. Sus ojos me encontraron a través del vapor; el deseo prohibido palpitaba, aunque la identidad que compartíamos debía permanecer oculta del mundo. Toqué el borde de la piscina y sentí su proximidad como una quemadura consensual, sensual, cargada de tensiones no resueltas. ¿Era real su sonrisa o solo un espejismo del festival?