El cuarto trasero del estudio de Triana olía a madera vieja que crujía bajo los pies, a camisas empapadas en sudor que colgaban de sillas de metal y al ácido fresco de limones cortados en un plato de cerámica agrietada. Los posters de Camarón de la Isla y Pastora Pavón cubrían las paredes agrietadas, sus bordes curvados por la humedad del Guadalquivir cercano. Javier Núñez estaba de pie junto a la mesa plegable, el pulgar presionando la pantalla del teléfono de su primo Mateo con una urgencia que le hacía arder la yema del dedo. El zumbido bajo de la nevera vieja en la esquina marcaba el ritmo de su respiración, un compás irregular que no lograba calmar la obsesión que le corroía desde el escándalo de la Bienal.
Había venido aquí con un solo propósito: demostrar que los López habían filtrado el vídeo. Ese maldito vídeo donde Sol López, heredero no binario de la dinastía rival, aparecía en el callejón de Triana con él, los cuerpos tensos por el desafío y por algo más que ninguno de los dos había nombrado. El vídeo los había expuesto ante Sevilla entera, ante las dos familias que se odiaban desde que sus abuelos se disputaron el mismo tablao en la Feria de Abril. Javier esperaba encontrar mensajes de Sol o de su padre, algo que confirmara la culpa de los López y le devolviera el control. Pero la pantalla le mostró otra cosa.
Los mensajes estaban allí, en el chat de Mateo con un número sin nombre: “El vídeo ya está en la red. El debut de Sol en la Bienal se va a ir a la mierda. Así los López pierden todo. Javi no va a sospechar, está demasiado ciego con su odio.” Otro mensaje: “Mándalo anónimo. Que parezca que viene de los Núñez, pero que el golpe sea contra Sol. El compás de los López se rompe hoy.” Javier sintió que el suelo del estudio se movía bajo sus botas. Mateo, su propio primo, el que había compartido ensayos y palmas con él desde niños, había orquestado la filtración para destruir a Sol. La reversión le golpeó el pecho como un zapateado brutal: toda su rabia contra los López se había construido sobre una mentira.
La puerta del fondo se abrió con un leve chirrido. Sol entró, la camisa de lino negro pegada al torso por el sudor del ensayo que acababa de abandonar, el pelo oscuro cayéndole sobre la frente en mechones húmedos. Sus ojos, oscuros como el café de la mañana en el mercado de Triana, se clavaron en Javier con esa mezcla de desafío y algo más que había empezado en el callejón. El olor a limón se intensificó cuando Sol se acercó, y el roce del papel de un poster contra el brazo de Javier le erizó la piel.
—¿Encontraste algo? —preguntó Sol, la voz baja, ronca por las horas de cante—. Dime que hay pruebas contra tu gente.
Javier levantó la vista. El teléfono pesaba en su mano como un secreto vivo. El corazón le latía contra las costillas, pero no era solo rabia. Era la cercanía de Sol, la forma en que su presencia llenaba el cuarto estrecho, transformando el aire cargado en algo que ardía.
—Ven —dijo, y extendió el teléfono—. Tienes que ver esto.
Sol dio un paso. Luego otro. Se colocaron uno al lado del otro frente a la mesa, tan cerca que el hombro de Sol rozó el de Javier. El contacto fue leve, deliberado, como un primer compás que nadie más podía oír. El calor del cuerpo de Sol traspasó la tela fina de la camisa, y Javier sintió cómo su propio pulso se aceleraba, obsesivo, como si ese roce fuera el único ancla en medio del escándalo. El resplandor cálido de la pantalla iluminó los pómulos de Sol, teñidos de un rubor que no era solo por el calor del estudio. Javier olió el sudor de Sol mezclado con el cítrico de los limones, y el deseo se enroscó en su vientre como un taconeo contenido.
Sol tomó el teléfono con dedos cuidadosos. Sus uñas cortas rozaron la mano de Javier al hacerlo, un roce intencional que duró un segundo de más, una promesa de lealtad que aún no tenían nombre. El pulgar de Sol empezó a desplazarse por los mensajes, despacio, leyendo cada línea mientras el zumbido de la nevera llenaba el silencio. El papel de un poster se raspó contra la piel desnuda del antebrazo de Javier cuando este se movió para acercarse más, buscando la pantalla, pero en realidad buscando el calor de Sol. Sus dedos se rozaron de nuevo al pasar el teléfono, piel contra piel, y ninguno de los dos apartó la mano.
Javier observó cómo los ojos de Sol se entrecerraban, cómo la mandíbula se tensaba. El interior de Javier era un torbellino: la traición de Mateo le dolía como una herida abierta, pero ver a Sol leer esa prueba, compartir el peso de la mentira, convertía el odio público en algo privado y feroz. Ya no eran enemigos. Eran conspiradores. La lealtad prohibida les ataba ahora con más fuerza que cualquier dinastía.
—Mateo —murmuró Sol, y la voz tembló apenas—. Tu primo. Quería hundirme en mi propio debut. El vídeo… lo grabaron para que pareciera que yo lo había filtrado contra ti.
—Todo era una trampa —respondió Javier, la garganta seca—. Pensé que tu familia… que tú… Pero esto lo cambia todo, Sol. Ahora sé la verdad.
Sol siguió desplazando la pantalla, el hombro apoyado firmemente contra el de Javier. El roce se había vuelto un tether, algo obsesivo que los mantenía anclados en ese cuarto mientras el mundo de las dos familias se desmoronaba afuera. Javier sintió el calor subir por su cuello, la forma en que el brillo del teléfono resaltaba el contorno de la mejilla de Sol, el leve temblor en los dedos al pasar un mensaje especialmente cruel. Sus manos se rozaron otra vez, esta vez más lento, y Javier tuvo que contener el impulso de cerrar los dedos sobre los de Sol. No lo reclamaron. Solo lo sostuvieron, como un secreto más.
El olor a madera vieja se mezcló con el sudor, y el zumbido de la nevera pareció intensificarse, marcando el tiempo que pasaba mientras leían. Javier recordó el momento del vídeo: Sol en el escenario de la Bienal, el compás roto por la filtración, los flashes de las cámaras, la forma en que sus miradas se habían cruzado con esa carga eléctrica que nadie debía ver. Ahora, en este cuarto, esa misma electricidad los consumía desde dentro.
—No podemos contárselo a nadie —dijo Javier, girando ligeramente la cabeza para mirar el perfil de Sol—. Si mi familia se entera de que Mateo lo hizo, me destrozan. Si la tuya sabe que yo tengo la prueba, nos acusan de conspirar.
Sol bajó el teléfono pero no se apartó. El hombro seguía ahí, caliente, firme, una línea de contacto que Javier sentía en cada respiración. El rubor en los pómulos de Sol se había extendido hasta el cuello, y el resplandor de la pantalla seguía bailando sobre su piel.
—Entonces mentimos —susurró Sol—. A las dos dinastías. Protegemos el pacto. Dejamos que crean que seguimos siendo enemigos.
El susurro llenó el espacio entre ellos. Javier sintió cómo su pulso se martilleaba visiblemente en la garganta, el latido traicionero que Sol podía ver bajo la luz tenue. Sus ojos se trabaron: los de Sol, oscuros y cargados de un deseo que ya no era solo rabia, y los suyos, reflejando la misma obsesión. El roce de los dedos se repitió una última vez al devolver el teléfono, piel que se demoraba, que prometía más sin tocarlo. El cuarto parecía más pequeño, el olor a limones más agudo, el zumbido de la nevera más íntimo. Afuera, Sevilla seguía girando con el escándalo, pero aquí, en este cuarto trasero de Triana, dos rivales se habían convertido en algo prohibido y necesario.
Javier tragó saliva. El calor del hombro de Sol no se movía. El pacto acababa de nacer, y con él, una lealtad que amenazaba con consumirlo todo.