La medianoche apretaba el callejón como un pañuelo de seda negra. El aire olía a piedra húmeda del Guadalquivir que subía por los muros encalados, mezclado con el hierro frío de las parrillas apagadas y el leve toque resinoso de las castañuelas que alguien había dejado caer junto al contenedor. Sol López se detuvo bajo la única farola de sodio que parpadeaba, el abrigo de lana negra rozando sus tobillos. El pulso les golpeaba en las sienes al compás de un bulería robado que ya no era solo suyo.
Javier Núñez apareció desde la sombra del portón trasero del Tablao El Taranto, la chaqueta de cuero abierta sobre la camisa blanca, los zapatos de baile aún manchados de polvo de la tarde. Sus ojos, oscuros como el café torrefacto, se clavaron en Sol sin parpadear.
—Dijiste que vendrías solo —gruñó Javier. La voz le salió ronca, como si hubiera estado gritando horas antes frente a las cámaras.
Sol dio un paso adelante. La luz amarillenta cortaba su rostro en mitades, una iluminada, la otra en sombra.
—Vine para acabar esto, Núñez. Ese vídeo no se queda en la red ni un día más. Tú lo filtraste. Nadie más tenía la grabación de la bulería que ensayamos en el camerino.
Javier soltó una risa corta, amarga.
—¿Yo? ¿Crees que arriesgaría mi dinastía por un escándalo que nos salpica a los dos? Tu familia tiene más que perder, López. El Compás Prohibido, el heredero no binario que se deja filmar con el rival… eso vende más que cualquier espectáculo de la Bienal.
El nombre les dolió como una espuela. Sol avanzó hasta que la distancia entre ellos se redujo a dos metros. El callejón estrecho obligaba a la cercanía; las paredes blancas devolvían el eco de sus respiraciones.
—No me llames heredero. Y no me hables de dinastías cuando tu padre fue el primero en filtrar la coreografía del año pasado. Esa bulería era mía. La compuse para la clausura. Tú la robaste y ahora quieres que crea que no tocaste el vídeo.
Javier pegó un paso más. El cuero de su chaqueta crujió.
—Tu compás es impecable, lo reconozco. Pero no robé nada. Alguien nos grabó desde el pasillo. Y si crees que voy a arrodillarme ante tu familia para que retiren la denuncia, estás soñando. Amenázame otra vez y publicaré las fotos que tengo de tu ensayo en Triana. Las que muestran cómo mueves la cadera cuando crees que nadie mira.
El insulto prendió. Sol cerró el puño contra el muslo, pero no retrocedió. En cambio, dio otro paso. Ahora estaban a menos de un metro. El aliento de Javier olía a menta y a tabaco negro. El calor que desprendía su cuerpo atravesaba el aire húmedo como una corriente.
—Prueba —susurró Sol. La voz les tembló apenas, un temblor que escondieron tras la mirada fija, esa mirada que había desarmado a jueces y a periodistas—. Publica lo que quieras. Yo ya no tengo nada que perder. Mi nombre está en el suelo. El tuyo también. O terminamos esto aquí, o los dos dinastías arden.
Javier no respondió con palabras. Dio el último paso. Sus pechos casi se rozaron. Sol sintió el roce de la lana de los pantalones de Javier contra su propia pierna, el roce áspero de la tela contra la piel expuesta del antebrazo. La farola parpadeó, proyectando sombras que se alargaban como brazos. El muro de ladrillo detrás de Javier estaba frío, húmedo, y Sol lo empujó contra él sin tocarlo todavía, solo con la fuerza de la proximidad.
El silencio cayó de golpe. Ya no había gritos. Solo el compás compartido de dos respiraciones que se aceleraban al mismo ritmo. Sol notó cómo Javier contenía el aliento un segundo más de lo necesario, cómo sus dedos se curvaban contra el ladrillo en lugar de extenderse. El pulso de Sol retumbaba en los oídos, un compás de bulería que se repetía sin permiso: tres por cuatro, tres por cuatro.
Javier habló primero, pero bajo, casi para sí.
—Esto no era el plan.
Sol inclinó la cabeza. La luz les cortaba la mandíbula, el brillo de los ojos.
—El plan se acabó cuando nos grabaron. Ahora solo queda esto.
El dorso de la mano de Javier rozó el antebrazo desnudo de Sol. Fue un roce mínimo, piel contra piel, pero bastó. El calor saltó como una chispa de forja. Sol sintió que el estómago se les contraía, que el deseo, absurdo y traicionero, subía por las venas como el compás de una malagueña que nadie había pedido. Javier apartó la mano, pero demasiado tarde. Los dos lo habían sentido. El aire entre ellos vibró.
Sol clavó la mirada en los ojos de Javier, esa mirada nivelada que ocultaba el temblor de la voz.
—No me mires así.
—¿Cómo? —preguntó Javier. La palabra salió entrecortada.
—Como si quisieras terminar lo que empezamos en el escenario.
El roce se repitió, esta vez intencionado. La muñeca de Javier rozó el antebrazo de Sol y se quedó allí un segundo más largo. El calor que irradiaba el cuerpo de Javier atravesó la lana y la piel. Sol percibió el olor a resina de las manos de Javier, a sudor seco y a colonia barata que ya no disimulaba la tensión. Sus respiraciones se sincronizaron de nuevo, inconscientes, marcando el mismo compás que habían robado.
Javier apretó los dedos contra el ladrillo hasta que los nudillos se le pusieron blancos. No se movió hacia delante. No retrocedió. Solo respiró más hondo, y Sol lo imitó sin querer.
—Esto quema —dijo Javier al fin. La voz le salió ronca, grave, como el cante que se arranca del pecho cuando ya no hay control—. Quema como una malagueña que nunca pedimos.
Las palabras cayeron entre ellos como brasas. Sol sintió que el pulso se les desbocaba. El deseo no era suave; era obsesivo, como el compás que se repite hasta que el cuerpo duele. Quisieron retroceder. Quisieron avanzar. Ninguna de las dos cosas ocurrió.
Entonces se oyó el sonido de pasos en el extremo del callejón. Botas sobre los adoquines mojados. Voces bajas, probablemente de algún camarero que cerraba el tablao por la puerta trasera.
Javier se separó primero, pero solo un paso. Sus ojos seguían clavados en Sol.
—Mañana —dijo, apenas un susurro—. Mismo sitio. Medianoche. No traigas a nadie.
Sol asintió una sola vez. El pacto quedó sellado en el silencio que siguió, antes de que ambos desaparecieran en direcciones opuestas, el calor del roce aún latiendo en la piel como un compás prohibido que ya no podían borrar.