El gran salón del Alcázar de Madrid vibraba con el fragor de la fiesta real. Las antorchas de resina ardían en las paredes de piedra, proyectando sombras sangrientas sobre los tapices que representaban batallas de la Reconquista: moros caídos bajo espadas cristianas, caballos desbocados, ríos de sangre teñidos de carmesí por el fuego. El aire estaba denso de carne asada, de cordero y jabalí girando sobre los espetones, de pan recién horneado mezclado con el dulzor acre de la miel derramada y el olor punzante de la cerveza agria que se vertía en los suelos de losas. Los nobles bebían sin mesura, los cálices de estaño y plata entrechocando, el hidromiel salpicando túnicas bordadas y mantos de seda importada de Oriente.
Diego de Mendoza se hallaba junto a la mesa principal, la mano aún apretada en torno al puño de su espada, aunque la hoja permanecía envainada. Su corazón latía con un ritmo que no era el de la batalla, sino el de algo más peligroso. Íñigo de Vargas estaba a unos pasos, conversando con un grupo de caballeros de la frontera, pero sus ojos, oscuros como el Tajo en noche sin luna, buscaban los de Diego una y otra vez. Habían llegado separados, como exigía la prudencia tras la riña del mesón y el encuentro furtivo en las calles del Alcázar. Diez días de silencio forzado, de miradas robadas en pasillos estrechos, de manos rozándose bajo las mesas durante consejos de guerra. El abrazo en la alcoba del torreón, la noche anterior, había sido breve, cargado de furia y deseo contenido: un choque de cuerpos endurecidos por la lucha, labios que se buscaban sin palabras, la promesa muda de lealtad en medio de la guerra dinástica que amenazaba con devorar sus casas.
—Don Diego —llamó una voz desde el otro extremo de la mesa—. Venid, probad este vino de la Rioja. Dicen que tiene el sabor de la victoria.
Diego asintió, pero su atención permanecía en Íñigo. Este último se acercó, fingiendo un tropiezo casual, y sus hombros se rozaron. El contacto fue eléctrico, un recordatorio del secreto que los consumía. Nadie debía saberlo. Las alianzas entre Mendoza y Vargas eran frágiles, forjadas en sangre contra los almohades, pero un escándalo de esa naturaleza las haría añicos.
De pronto, el aire cambió. Don Rodrigo de Haro, primo lejano de Íñigo y rival declarado de Diego por tierras en la frontera del Tajo, se levantó de su asiento. Su rostro, marcado por una cicatriz que le cruzaba la mejilla, estaba pálido de ira contenida. Había sido testigo. En la galería superior, donde las sombras eran más densas, había visto cómo Diego y Íñigo se apartaban del bullicio, cómo un abrazo que comenzó como gesto de consuelo tras una discusión sobre tácticas se transformó en algo más: cuerpos apretados, manos en la nuca, una respiración compartida que olía a metal y a vino.
—¡Señores! —gritó Haro, alzando su cáliz para llamar la atención—. ¡Hay traición en esta sala, pero no la que esperáis!
El silencio cayó como una guillotina. Los nobles dejaron de comer, los sirvientes se detuvieron con bandejas en alto. El rey, en su sitial elevado, frunció el ceño.
Haro señaló con el dedo tembloroso.
—He visto con mis propios ojos cómo don Diego de Mendoza y don Íñigo de Vargas se abrazaban como amantes en la galería del torreón. No como hermanos de armas, sino como sodomitas que manchan el honor de Castilla.
Un murmullo recorrió la sala, transformándose en rugido. Cáliz es volcaron, la cerveza y el hidromiel salpicando las mesas. Las espadas salieron de las vainas con un sonido metálico que resonó contra las bóvedas de piedra. Tapices ondearon al paso de los nobles que se levantaban, sus rostros contorsionados en una mezcla de horror y excitación morbosa. El olor a carne quemada se mezcló ahora con el hedor del miedo y la ira.
Diego se movió primero. Dio un paso adelante, interponiéndose entre Íñigo y las espadas desenvainadas de dos caballeros de Haro.
—Don Rodrigo miente —dijo Diego, la voz firme, aunque por dentro el terror lo atravesaba como una flecha. No negaría el abrazo; negarlo sería traicionar a Íñigo. En cambio, veló sus palabras—. Íñigo de Vargas es mi igual en el campo de batalla. El abrazo que viste fue el de dos hombres que han derramado sangre juntos contra el infiel. Nada más. ¿O acaso tu envidia por las tierras que defendemos te ciega?
Íñigo, a su lado, no retrocedió. Su mirada, fija en Diego, ardía con furia por la exposición y, al mismo tiempo, con una protectividad feroz que solo Diego podía leer. El subtexto era claro: *No te sacrifiques por mí*. Pero Íñigo habló también, defendiendo sin negar.
—Diego de Mendoza me salvó la vida en la última incursión. El abrazo fue gratitud, no pecado. Quien vea maldad en ello es quien trae la discordia a esta corte. Yo juro lealtad a Castilla, y a mi hermano de armas.
Las palabras cayeron como piedras en un estanque. El rey se levantó, el rostro enrojecido por el vino y la ira.
—¿Hermanos de armas? ¿O algo que ofende a Dios y a la corona? Las alianzas se rompen por menos. Mendoza, Vargas, habéis fracturado lo que costó años construir. ¡Exilio! Ambos. Marchaos de esta corte antes de que la muchedumbre os arrastre.
El salón estalló en caos. Nobles gritaban acusaciones, algunos a favor de la piedad por los héroes de la frontera, otros exigiendo justicia inmediata. Un cáliz voló por el aire y golpeó la pared cerca de Íñigo, salpicando mead sobre su túnica. Diego empujó a su rival hacia atrás, protegiéndolo con su cuerpo mientras las espadas se alzaban. Íñigo lo miró, los ojos transmitiendo furia por la revelación y una lealtad que quemaba más que cualquier llama de los braseros.
—Retiraos —ordenó el rey—. Mañana al alba, fuera de Madrid. Que vuestras casas respondan por vuestros actos.
Los guardias avanzaron. Diego y Íñigo fueron escoltados fuera del salón, entre abucheos y salpicaduras de vino. El eco de las acusaciones —«sodomitas», «traidores al linaje», «escándalo en la fiesta real»— los siguió por los pasillos de piedra.
En el patio exterior, iluminado por antorchas que crepitaban en la brisa nocturna, los dos hombres se detuvieron un instante antes de separarse. Los caballos ya estaban ensillados, las monturas preparadas para exilios distintos: Diego hacia el sur, Íñigo hacia el oeste. Nadie los observaba ahora, salvo las sombras.
Diego se acercó, la voz baja, ronca por la tensión.
—Esto no termina aquí. Mi lealtad es tuya, Íñigo, aunque el mundo nos maldiga. Encontrémonos en el Tajo cuando la guerra lo permita.
Íñigo respondió con una mirada que decía todo lo que las palabras no podían: rabia por la pérdida del secreto, pero también una promesa salvaje de regreso. Sus manos se rozaron una última vez, un contacto cargado, sensual en su brevedad.
—Juro que defenderé tu nombre con la misma sangre que defenderé el mío. Hasta que volvamos a abrazarnos sin testigos.
Se separaron entonces, montando a caballo en direcciones opuestas mientras las puertas del Alcázar se cerraban tras ellos con un golpe sordo. El escándalo ya corría por Madrid como fuego en la noche, fracturando alianzas y encendiendo la mecha de una revolución mayor. El exilio apenas comenzaba, pero la lealtad entre ellos, ahora pública y peligrosa, ardía con más fuerza que nunca.