Las callejuelas del Alcázar olían a musgo húmedo y estiércol fresco de caballos, un hedor que se adhería a las piedras irregulares como un recordatorio de la vida que bullía bajo la fortaleza. Diego de Mendoza apretó el capote contra su pecho, el filo de su daga rozando el muslo con cada paso sigiloso. Había dejado atrás a sus guardias en la taberna de la Puerta de la Vega, hombres que juraban lealtad a su padre pero que no podían seguir el ritmo de un heredero que buscaba algo más que alianzas dinásticas. La Reconquista ardía en las fronteras del Tajo, y las casas Mendoza y Vargas afilaban ya sus espadas para el choque que se avecinaba al alba. Sin embargo, Diego no pensaba en tropas ni en estandartes. Pensaba en Íñigo.
El eco de la riña del Mesón del Puente aún le quemaba la piel: el golpe de puños, la sangre tibia que había salpicado su propia mejilla, el gruñido de Íñigo cuando la daga le rozó el hombro. Aquella noche había empezado como odio puro, pero algo se había torcido en el choque de cuerpos, algo que ahora lo arrastraba de nuevo a las sombras. Se detuvo junto a un arco de piedra tallado con el escudo de los Vargas, las llamas lejanas de las antorchas del Alcázar parpadeando sobre las armas labradas. El tañido metálico de la campana de medianoche vibró en el aire, prolongándose como un lamento de guerra.
Un crujido de botas sobre los adoquines lo alertó. Diego se pegó a la pared, el corazón latiéndole contra las costillas. La figura surgió del recodo: Íñigo de Vargas, alto, el cabello negro pegado a la frente por el sudor de la huida, la cicatriz reciente en la mandíbula brillando bajo la luz mortecina. Sus ojos, oscuros como el Tajo en noche sin luna, lo clavaron.
—Has venido —murmuró Íñigo, la voz ronca, baja para que no resonara entre las piedras—. Tus perros de guardia no te siguen esta vez.
—Ni los tuyos —replicó Diego, dando un paso adelante. El aire entre ellos olía a cuero curtido, hierro y algo más denso, como el deseo que no se nombraba—. Mis hombres ya preparan las catapultas para el paso del río. Tu padre ha jurado que el estandarte Vargas ondeará sobre Madrid antes de que la luna mengüe. Y sin embargo aquí estás, solo.
Íñigo soltó una risa breve, salvaje, que se cortó cuando el tañido de la campana volvió a sonar, más cercano ahora. Se acercó hasta que sus botas casi se rozaron. El calor de su cuerpo atravesaba la distancia mínima.
—Esta alianza que propones en susurros es traición, Mendoza. Mi sangre no se mezcla con la tuya sin que las espadas hablen primero. Pero la noche del mesón… esa riña no fue solo acero. Tú lo sabes.
Diego sintió el pulso acelerarse. Recordó el peso de Íñigo contra él en el suelo del mesón, el aliento entrecortado, la mano que había apretado su muñeca no para romperla sino para retenerla un instante de más. El clan exigía guerra; el cuerpo exigía otra cosa.
—Llévate esto —dijo Diego, extendiendo la palma. En ella yacía un trozo de tela arrancado de su propia túnica, manchado con la sangre que Íñigo le había sacado en la pelea. Un token ensangrentado, código antiguo entre espías de frontera: advertencia de emboscada, promesa de lealtad oculta—. Mañana al mediodía, los Vargas marcharán por el puente. Mi padre ha ordenado arqueros ocultos en las almenas. Esto te avisa. Úsalo o quémalo. Pero si lo quemas, sabré que el odio es todo lo que queda.
Íñigo miró el trapo rojo oscuro. Sus dedos, callosos por la espada, rozaron la palma de Diego al tomar el token. El contacto se prolongó: un agarre que no soltaba, cálido, firme, el pulgar trazando el borde de la muñeca de Diego como si midiera el latido traidor. El aire se espesó. Diego notó el aliento de Íñigo, cercano, oliendo a vino agrio y a metal. Sus rostros estaban a un palmo. El deseo, hasta entonces contenido por el acero, se encendió en el pecho de Diego como una herida abierta. Íñigo no apartó la mano. Su grip se hizo más lento, deliberado, una señal muda: lealtad que iba más allá del deber de clan, que traicionaba ya a los suyos por este encuentro prohibido.
—Diego —susurró Íñigo, usando el nombre de pila por primera vez sin burla—. Si esto se descubre, nuestras casas se degollarán en las calles antes de que el sol salga. Mi hermana ya afila la daga por tu sangre. Y sin embargo…
El resto se perdió en el sonido: raspado de botas sobre los adoquines, más cerca, dos pares, luego tres. Antorchas que iluminaban el escudo tallado a pocos metros. Los guardias de ambos clanes, movilizados por la ausencia de sus herederos, convergían por las dos bocacalles. Diego tiró de Íñigo hacia el único refugio: un nicho estrecho entre dos contrafuertes de piedra, apenas ancho para dos cuerpos. Se apretujaron contra la pared húmeda. El musgo frío rozó la nuca de Diego; el calor del pecho de Íñigo le aplastó el torso. Sus respiraciones se mezclaron, rápidas, calientes. Diego sintió el latido de Íñigo contra su propio esternón, el muslo de Íñigo encajado entre los suyos, la daga de este último rozándole la cadera. El peligro los inmovilizó en esa cercanía imposible. El deseo, ya no negable, ardió: Diego notó cómo la mano de Íñigo, aún sosteniendo el token, se curvaba contra su costado, no para apartarlo sino para anclarlo. Íñigo giró apenas la cabeza; sus labios rozaron la sien de Diego, un roce que duró un latido de la campana, cargado, sensual, promesa y amenaza a la vez. Ninguno habló. El silencio era más elocuente que cualquier juramento.
Los guardias pasaron a un brazo de distancia. Voces apagadas: «El Mendoza ha huido otra vez… el Vargas también… si sus padres lo saben, habrá sangre antes de la guerra». Las antorchas oscilaron y se alejaron. El tañido de medianoche se extinguió en un eco largo y metálico.
Cuando el peligro se diluyó, Íñigo no soltó el agarre inmediatamente. Sus ojos, a la escasa luz que filtraba desde las almenas, reflejaban algo nuevo: disposición a traicionar el clan por este pacto secreto. Diego, por su parte, sintió el peso de la misma traición en su pecho, dulce y sangriento.
—Volveremos a encontrarnos —dijo Íñigo al fin, soltando el token pero dejando los dedos entrelazados un instante más—. Mañana, tras el toque de queda, en el callejón del matadero. Trae más advertencias si las tienes. Yo traeré las mías.
Diego asintió. El calor del cuerpo de Íñigo se retiró, pero el pulso compartido permaneció. Se separaron sin más palabras, cada uno fundiéndose de nuevo en las sombras.
Desde una ventana alta del Alcázar, apenas visible entre las almenas, una silueta observaba: el perfil de un hombre con capa de los Mendoza menores, el primo de Diego, cuya mano se cerraba ya sobre el pomo de su espada. La semilla de la exposición quedó plantada en la oscuridad, lista para germinar en sangre.