El Mesón del Puente apestaba a humo de teas de pino y a vino agrio derramado sobre losas que el tiempo había pulido hasta volverlas resbaladizas. El río Tajo rugía a pocos pasos, su caudal oscuro rompiendo contra los pilares de piedra bajo la luz trémula de las antorchas clavadas en los muros encalados. Eran las primeras horas de la noche y los mercenarios de la frontera ya habían bebido lo suficiente para olvidar que mañana volverían a matar moros o cristianos según quien pagara mejor. Las voces subían como olas: juramentos en castellano viejo, risas roncas, el golpe seco de dados contra la madera.
Diego de Mendoza entró por la puerta lateral que daba al camino de la ribera. Llevaba la cota de malla bajo la capa oscura y la espada al cinto con la empuñadura de hueso gastada por la mano de su padre. Veintiséis años cumplidos en la última campaña de Toledo, y los ojos todavía le quemaban por el humo de las hogueras de la vanguardia. Buscaba solo un trago y la noticia de quién controlaba ahora los molinos del Tagus medio. En cambio encontró a los señores de la ribera ya sentados en la mesa larga, con Íñigo de Vargas enfrente.
Los dos bandos se miraron sin saludarse. Los Mendoza y los Vargas llevaban diez años disputándose las riberas desde el puente viejo hasta el vado de la Reina. Esa noche los señores habían decidido dirimirlo con acero antes de que el rey llamara a las huestes para la gran ofensiva contra el sur.
—Que se levanten los herederos —gruñó don Rodrigo de Haro, el más viejo de los presentes, con la barba teñida de vino—. Si quieren las tierras, que las ganen como hombres.
Un silencio cortante cayó sobre el mesón. Los dados dejaron de rodar. Los mercenarios se apartaron formando un corro irregular, las espadas ya medio desenvainadas por pura costumbre.
Diego sintió el pulso en las sienes. Miró a Íñigo. El heredero de los Vargas tenía la misma edad que él, hombros anchos bajo la loriga, cabello negro pegado a la frente por el sudor del día, y una cicatriz fina que le cruzaba la ceja izquierda. Sus ojos eran de un gris oscuro que el fuego de las antorchas volvía casi negro.
—No hay necesidad de esto —dijo Diego, voz baja pero que llegó a toda la sala—. Las tierras se reparten en consejo, no en taberna.
Íñigo se levantó despacio. La luz le cortaba la cara en planos duros.
—Tu padre ya lo intentó en consejo. Y perdió. Ahora te toca a ti, Mendoza.
Los señores golpearon la mesa. Los mercenarios corearon. Alguien volcó un cántaro y el vino rojo corrió entre las losas como sangre fresca.
Diego desenvainó. El acero raspó la vaina con un sonido largo y limpio. Íñigo hizo lo mismo. El corro se cerró a su alrededor. Las antorchas crepitaban. El humo picaba en los ojos de ambos.
El primer encuentro fue brutal. Diego atacó con la precisión que le habían enseñado en la frontera: dos golpes bajos buscando la pierna, uno alto para obligar a la guardia alta. Íñigo paró con fuerza, retrocedió un paso y contraatacó con un tajo lateral que obligó a Diego a agacharse. El filo pasó silbando junto a su oreja. El olor a metal caliente y sudor llenó el espacio entre ellos.
Alrededor, los gritos se mezclaban con el rugido del río. Alguien apostaba a favor de Vargas. Otro escupía el nombre de Mendoza. El vino pisoteado se mezclaba con el polvo y formaba un barro oscuro que se pegaba a las botas.
Diego sintió el calor de la lucha subir por los brazos. Era bueno con la espada, pero Íñigo era más rápido de lo que esperaba. Un golpe le rozó el hombro; la malla contuvo el filo pero el impacto le dejó el brazo entumecido. Retrocedió hasta chocar con una mesa. El borde le clavó en la espalda. Usó el impulso para lanzar un ataque doble que obligó a Íñigo a saltar hacia atrás. La espada de Íñigo rozó la piedra de una columna y lanzó chispas.
—Eres más lento que tu padre —escupió Íñigo entre dientes, voz ronca por el esfuerzo.
—Y tú más arrogante que el tuyo —respondió Diego, respirando con fuerza.
Se separaron un instante. El sudor le bajaba por la frente a Diego y le entraba en los ojos, mezclándose con el humo. El sabor metálico de la sangre que se le había cortado en el labio le llenaba la boca. Miró a Íñigo. El otro tenía la respiración agitada, el pecho subiendo y bajando bajo la loriga. Por un segundo sus miradas se cruzaron más allá del acero. Algo pasó entre ellos, una chispa de reconocimiento que no era solo enemistad. Íñigo parpadeó, como si también lo hubiera sentido.
Volvieron a chocar. Esta vez el combate se volvió más sucio. Diego metió la bota en el barro de vino y resbaló. Íñigo aprovechó para lanzar un tajo que le abrió un corte superficial en el antebrazo izquierdo. La sangre brotó caliente y cayó sobre las losas. Diego gruñó pero no retrocedió. Usó el dolor para cargar con más fuerza. Su espada encontró el costado de Íñigo; la malla resistió pero el golpe dejó a su rival tambaleándose.
Los mercenarios rugían ahora como lobos. Alguien gritó que apostaba diez maravedíes a que caería el primero que perdiera el equilibrio. El aire estaba espeso, cargado de aliento agrio y metal.
Diego vio la abertura. Avanzó con tres pasos rápidos, espada en alto para el golpe final que partiría la guardia de Íñigo y le abriría el cuello. El momento se estiró. Podía ver la vena latiendo en la garganta de Íñigo, el brillo del sudor en su clavícula. Pero dudó. Un instante solo, una fracción de segundo en la que el brazo le flaqueó.
Íñigo no dudó. Giró sobre el pie izquierdo, desvió la espada de Diego con un golpe brutal y lo derribó de espaldas sobre las losas. El impacto le sacó el aire. Antes de que pudiera rodar, Íñigo estaba encima, la punta de su espada contra la garganta de Diego, justo donde la malla dejaba la piel expuesta. El acero frío rozaba la yugular.
El mesón entero contuvo la respiración. El río seguía rugiendo afuera, indiferente.
Íñigo tenía la cara a un palmo de la de Diego. Su aliento era caliente y olía a vino y a hierro. Los ojos grises bajaron un segundo a la boca de Diego, luego volvieron a subir. En ellos había furia, pero también algo más oscuro, una fascinación que ninguno de los dos podía nombrar todavía. La punta de la espada no presionaba. Temblaba apenas.
—Acaba —susurró Diego, voz ronca, sin apartar la mirada.
Íñigo no movió la mano. El silencio se hizo tan espeso que se podía oír el goteo de la sangre de Diego cayendo sobre la piedra. El corte del antebrazo seguía abierto. El vino y la sangre formaban un charco que les mojaba las rodillas.
Entonces Íñigo habló, tan bajo que solo Diego lo oyó por encima del rugido de los mercenarios que exigían la muerte.
—No esta noche.
Retiró la espada. Se levantó de un salto y ofreció la mano. Diego la tomó sin pensar. El contacto fue eléctrico, los dedos de Íñigo apretando los suyos con fuerza. Mientras los señores rugían de decepción y los mercenarios maldecían las apuestas perdidas, Íñigo tiró de él para levantarlo. En el movimiento, sus antebrazos se rozaron por debajo de las mangas. Íñigo apretó una vez, rápido, un gesto que parecía un desafío y una promesa al mismo tiempo.
—Esto no termina aquí —dijo Íñigo, voz clara ahora para que todos oyeran, pero los ojos seguían clavados en los de Diego con una intensidad que quemaba más que el corte.
Diego asintió, apenas perceptible. El antebrazo de Íñigo seguía rozando el suyo. El contacto duró dos latidos más de lo necesario.
Entonces las comitivas intervinieron. Los hombres de Mendoza tiraron de Diego hacia atrás. Los de Vargas hicieron lo mismo con Íñigo. Las espadas volvieron a las vainas con ruidos secos. Los señores maldecían y exigían que se reanudara el combate, pero el momento había pasado. El pacto silencioso ya estaba sellado en el roce de los antebrazos y en la mirada que ninguno de los dos apartó hasta que la multitud los separó.
Diego salió al aire de la noche con el corte del brazo latiéndole y el sabor de la sangre aún en la boca. El Tajo seguía corriendo, negro y eterno. Sabía que volvería a encontrarse con Íñigo de Vargas. Y que la próxima vez la espada no sería lo único que estaría en juego entre ellos.
Atrás, en el mesón, el vino seguía mezclándose con la sangre sobre las losas mientras los mercenarios reanudaban los dados y las apuestas. El humo de las antorchas seguía picando los ojos. Pero el río, al menos, no había cambiado de rumbo.