Al amanecer del festival, cuando las luces bajaron, Isabel y yo quedamos solas junto al agua. El toque de sus dedos en mi muñeca ya no era duda: era real, caliente, cargado de promesas que iban más allá de la ruina. "Únete a mí", propuso, "traiciona el contrato y sella algo más profundo". Acepté, porque la venganza contra quienes nos separaron exigía un precio sobrenatural. Juntas invocamos un pacto oscuro: nuestras identidades se fusionarían en secreto, usando el poder que Isabel había traído de su exilio para destruir a Doña Vera desde dentro, mientras el romance nos consumía lejos de miradas públicas. Huimos de la azotea hacia las sombras del hotel, dejando atrás la piscina y la temporada de festivales, sabiendo que este nuevo lazo nos llevaría a un abismo más dulce y peligroso que cualquier venganza anterior. La matriarca nunca sabría cómo su plan se había invertido, y nosotras, ahora unidas por algo eterno, desaparecimos en la noche de São Paulo.