Las horas avanzaron entre cócteles y risas fingidas. Doña Vera descendió a la azotea con su bata de seda ondeando, perlas en el cabello captando la luna. Me contrató para hundir a Isabel, su hija adoptiva y heredera del imperio hotelero, pero el pasado nos unía de forma que nadie debía descubrir. Isabel se acercó de nuevo, su mano rozando la mía bajo el agua tibia. "Ellas creen que soy intocable", susurró, "pero tú sabes la verdad que nos condena". No podía estar segura: ¿era su piel real o un eco sobrenatural que me perseguía desde nuestra separación? El conflicto crecía: si nuestra historia salía a la luz, ambas perderíamos todo en esta ciudad de apariencias. El festival enmascaraba identidades, pero la nuestra era doblemente prohibida, teñida de venganza y deseo que ni la matriarca podía intuir.
Mis pensamientos se fragmentaban. ¿Había aceptado el trabajo por poder, o por revivir lo que perdimos? Isabel hablaba de visiones, de una fuerza que regresaba con ella, algo que alteraba las sombras alrededor de la piscina. Doña Vera nos vigilaba, fría como siempre, ajena al romance que se reavivaba entre nosotras. La tensión crecía con cada gota que caía de su cabello, y yo cuestionaba cada palabra que salía de mi boca. ¿Mentía para proteger el plan, o mentía para protegerme de lo que realmente sentía?