La azotea del hotel de São Paulo brillaba bajo las luces del festival, con el aroma a flores nocturnas y el eco lejano de tambores. Yo, Clara Mendes, de treinta y seis años, mantuve mi postura calmada junto al borde de la piscina, vestida con lino suave que apenas rozaba mi piel, joyas mínimas que no delataban mi origen. No estaba segura de nada esa noche: si la figura que emergía del agua era Isabel, la heredera que había contratado para arruinar, o solo un espejismo nacido de mi culpa. El contrato era claro: destruir su reputación, exponer sus secretos ante la matriarca del hotel, Doña Vera, aquella mujer de cincuenta y un años con cabello gris perla y bata de seda que observaba todo desde las sombras con autoridad fría. Pero Isabel había sido mi amante hace años, y su regreso parecía cargado de algo más que carne y rencor.
El agua se onduló a su paso, y sentí un calor traicionero subir por mi espalda. "¿Viniste a terminar lo que empezamos?", murmuró ella, voz baja como un secreto que solo el festival podía ocultar. Dudé de mis recuerdos: ¿realmente la había traicionado, o había sido al revés? Su proximidad era un peligro público; nadie debía saber que entre nosotras había existido algo más que negocios. El aire del festival cargaba promesas de caos, y yo no confiaba en mis ojos cuando vi cómo la luz de las farolas parecía atravesarla por un instante.